17 nov. 2008

STONE TOWN - ZANZÍBAR

http://viajarconnenesatanzania.blogspot.com/
















STONE TOWN

A las 8:30 de la mañana salimos de Nungwi en dirección a Stone Town. Después de unos días de descanso habíamos emprendido este momento con ganas. El día anterior habíamos apalabrado en la misma playa la ida y vuelta a Stone Town y un tercer viaje al aeropuerto para el día de partida. Tres viajes de 1:30h cada uno por 100 $ y en furgoneta.
Llegamos a Stone Town y le dijimos al conductor a las 3:30 de la tarde. El coche nos dejó en el palacio construido por el Sultán Barghash en 1883, conocido como House of Wonders, de allí partimos a ver las primeras, pintorescas y encantadoras calles, con su no menos interesantísima población.






























Multitud de tiendas en callejuelas laberínticas, mil aromas de especias en el aire. Un carro lleno de limones aparece al doblar una esquina, como un fogonazo amarillo . Una mujer con cestas de una especie de lichis rojo fuego, un hombre mayor en bicicleta de cuyo manillar cuelgan dos grandes peces naranjas, pasa por un estrecho callejón sorteando a un niño en el suelo que juega con un coche de chapa. Todo eran fotos de vivos colores, rojos blancos, verdes amarillos, rosas, frutas, tallas, cajas de madera, ventanas de colores, caras singulares, collares…
















Después de deambular un rato nos dirigimos al mercado de la fruta y especias. Un estallido de vida, trasiego y color asomó de nuevo ante nuestros ojos, a Hugo había que pararle para que no tocara todos los puestos.
Que sensaciones tan fuertes provoca recorrer un mercado sin prisas, observando cada niño, mujer, hombre, anciano; cada detalle, olores colores…
Mezclados con todo el mundo, allí los cinco, viendo, mirando, cada esquina que doblábamos deparaba una nueva sorpresa o visión.
























Era un momento en el que uno tiene que ser consciente del lugar y momento donde está, pellizcarse para cerciorarse de que no es un sueño, como en el mercado Khan el Khalili de El Cairo, el Gran Bazar de Estambul, o las calles de Pingyao.
Pablo, mi hijo mediano de 12 años, me dijo antes del viaje a Tanzania que se iba a fijar mucho en todo y disfrutar completamente durante todo el recorrido, ya que al volver de nuestro último viaje a China, le dio la sensación de que se le escapaban las vivencias una vez en España. En el fondo esa es una de las razones por las que escribo estos diarios, ya que por mucho que uno viva y recuerde estas sensaciones del viaje, el tiempo termina por borrar algunos detalles, aunque no la esencia del mismo, que no es otra que la apertura de miras, otras referencias, otras maneras, “otros andares y nuevos vientos”

Algo así:

EL VIAJERO

“Quiero otros mares quiero otros soles,
otras laderas y nuevos vientos.
Busco otras gentes otras maneras,
otros saludos nuevos acentos.
Otros vestidos otras miradas,
nuevos andares nuevas pisadas.
Otros castillos otros caminos,
nuevas montañas con nuevos ríos.
Otros colores otras ternuras,
nuevos aromas cien mil olores.
Nuevas estrellas y nuevas nubes,
otras veredas y otras costumbres.
Otras harinas y otras cebadas,
otras carrozas de todo y nada.
Nuevos amigos y nuevas brasas,
otro aguardiente que queme mi alma.
Nuevos desiertos nuevas lagunas,
otras veredas con otras rutas.
Y nuevos aires y nuevas flores,
y hasta otra lluvia de otros colores.
Y otro cansancio y anocheceres,
otros raíles que a mí me lleven.
Y otro vivir de cómo yo vivo
para vivir lo que yo no vivo”.






Así que ahora Pablo iba mentalizado para pellizacarse varias veces, y decir “ahora estoy aquí y me queda mucho tiempo para disfrutar este momento, Carpe diem, respirar la atmósfera del mercado, mira, siente toca.
Aquí en el mercado de frutas de Stone Town era el momento de pellizcarse y de sentir la vida.



















Después de un buen rato disfrutando del mercado decidimos comprar unas minicestas típicas con multitud de espécias, un poco de buen café de Tanzania y algo de te.

Por supuesto yo no perdí la oportunidad de disparar mi cámara ni un momento, eso si con discreción.






















Hicimos un alto ya que necesitábamos buscar una farmacia, Hugo copio un calentón después de nuestro periplo en barco hasta la isla de Mnemba y hoy tenía fiebre. Le habíamos dado apiretal pero la fiebre no terminaba de bajar. En estas situaciones solíamos alternar apiretal con dalsy y así tener dos componentes (paracetamol e ibuprofeno) para combatir la fiebre. Pero el dalsy había estallado en una de las maletas y solo podíamos darle apiretal cada ciertas horas, sin poder alternar el tratamiento con dalsy.

















Después de buscar un rato encontramos una farmacia donde nos dieron un jarabe con ibuprofeno, y exactamente igual en composición que el dalsy. Le dimos el medicamento inmediatamente , el ibuprofeno de este más el paracetamol del apiretal que le había tocado tomar hacía una hora, hicieron que le bajara casi toda la fiebre.














Continuamos nuestro recorrido visitando la parte del mercado correspondiente de pescados y carnes. Miguel, Hugo y Marga se quedaron fuera esperándonos, mientras que Pablo y yo saciábamos nuestra curiosidad. Es mercado de carnes que vimos después del de pescado resultó ser menos vistoso, entre otras cosas porqué casi todos los mercados de países de condiciones “precarias”, suelen tener la carne de cualquier manera en plan casquería desparramada, pero el de pescado nos dejó a Pablo y a mi con la boca abierta, a pesar que los viejos mostradores de madera no exentos de cierta solera, no se parecían en nada a las asépticas pescaderías europeas, pero ya se sabe, una isla lo que predomina son los frutos de mar, y a pesar de las condiciones el producto se imponía al lugar.






















Nada más entrar en la parte del mercado dedicada al pescado, que era un recinto cubierto, un fuerte olor a pescado y otras viandas marinas se apoderó de nosotros. Allí en el primer “mostrador” a la izquierda un enorme pez espada descansaba al lado de otros especimenes más pequeños, detrás, un bigotudo pescadero atendía a una compradora con atuendo musulmán. Pescados fresquísimos, algunos recién traídos, más allá atunes plateados brillaban, mojados, con luz propia. A Pablo y a mi este tipo de fisgoneo nos fascinaba.

Una niña pequeña y solitaria, de apenas 8 años, deambulaba por el centro del recinto, a su derecha e izquierda iba dejando los puestos del mercado, apenas abultaba un metro, con su tocado azul cielo en el pelo y cara de inocencia se dirige hacía nosotros. Pablo y yo en medio del mercado también, nos quedamos mirándola, subo la cámara a la altura de mi cara ante tan bella estampa solitaria y la niña se para ante nosotros, mirándonos, disparo y nos sonríe, se marcha sola luego hacía el otro extremo el mercado, difuminándose entre la gente.
Una mujer vestida con niqab rojo, una especie de chador más conservador cubriéndole el pelo y un velo negro en la cara, con apenas un resquicio de dos centímetros para ver la mercancía, negocia su compra a un tendero rodeado de pescado.






















A la salida del mercado volvemos a pasar por el de frutas para realizar alguna compra. “Mama mira que melones” grita Hugo ante un carro cargado de cocos dentro de su vaina verdeamarillenta, una vez al lado comprueba que son cocos pues ya había jugado con alguna vaina a modo de cubo arenero en la playa.
Una mujer que sostiene a su hijo dormido en brazos, adquiere dos patatas, elegante, digna, majestuosa, su pose tranquila, segura de si, abriéndose paso por la vida.






















Después de ver el mercado nos fuimos a ver los calabozos de los esclavos, para ello un nativo se nos ofreció de guía. Los niños quedaron muy impresionados al ver los pequeños calabozos donde eran hacinados muchísimos esclavos, vieron las cadenas y grilletes de de tobillos, manos y cuello, el guía nos explico la historia y nosotros se la reforzamos con detalles, después de todo uno de los motivos por el que queremos abrir los ojos de nuestros hijos al mundo, es para que se sientan de cualquier lugar y respeten cualquier cultura y forma de pensar o vivir, nacemos por casualidad en cualquier lugar del mundo, y el hábitat condiciona nuestro destino, somos del planeta Tierra, con todos los demás, nuestra Tierra, increíble y maravillosa.

















Buscamos un sitio para comer tranquilos, después tuvimos tiempo y ganas para pasarnos una vez más por las estrechas callejuelas de Zanzíbar, vimos más preciosas puertas labradas al estilo indio, una mujer leyendo en Corán a las puertas de su tienda de telas, sombreros y cestas vistosísimas. Que os voy a contar de mi cámara, un apéndice más de mi cuerpo en estas callejuelas de Zanzíbar.

Y por estas volvimos hacia el palacio House of Wonders para reunirnos con el conductor que nos llevaría de vuelta a Nungwi, pero antes en una de estas tiendas tuvimos tiempo de comprar una gran calabaza en forma de pera, pintada por fuera con motivos africanos de vivos colores, uno de los regalos que nos hicimos, de los más originales y bonitos que uno se puede llevar de Tanzania.





















Cambiamos dólares por chelines tanzanos una vez más y volvimos al hotel.
Todavía tuvimos tiempo de darnos los últimos baños y miramos los fondos por última vez, Hugo se quedo en la habitación con unos y otros mientras no estábamos en la playa, ya que queríamos preservarle del sol para que no le subiera la fiebre.












Cenamos la última noche en las mesas que el hotel tenía en la playa, otra vez al a luz del candelabro, con la brisa marina y el olor a sal del Índico, una vez más la melancolía del último día se iba apoderando de nosotros, contentos por haber finalizado un viaje de tantas aventuras con buen pie, pero con la pena de dejar atrás una tierra tan increíble y que te hace sentir tan vivo.
















Al día siguiente volamos para Nairobi, París, Madrid, una aventura por si sola, pero ya habíamos visto muchas otras veces que nuestros “niños” eran carne de aeropuerto y se manejaban sin problemas, llegamos a Nairobi a las 3:30 de la tarde y nuestro avión Nairobi-parís no salía hasta las 10 de la noche. Pero una de las cosas buenas que tiene el aeropuerto de Nairobi es su estupenda sala de juegos con grandes sofás, juguetes y televisión con películas para niños y no tanto. Allí pasamos las horas repanchingados al lado de otra familia danesa con dos mellizos que pronto descubrieron que Pablo y Hugo estarían también dispuestos a cargarse la sala a pelotazos, todo esto alternado con diferentes excursiones a las diversas tiendas del aeropuerto.


















Pero antes de esta segunda y tercera escala, tuvimos un último regalo inesperado que nos puso la carne de gallina. Cuando llevábamos medio recorrido del vuelo Zanzíbar-Nairobi, el piloto nos dijo que miráramos a nuestra izquierda, yo estaba situado a la derecha por lo que me levanté y me asomé por la ventana de la otra fila de asientos, donde estaban Miguel y Pablo. Allí apareció, majestuoso, entre las nubes, el punto más alto de África, nuestra cima. Miguel y yo nos quedamos callados un buen rato mientras contemplábamos la cima del Kilimanjaro por última vez, allí donde vivimos, sufrimos y sentimos juntos, con la mayor intensidad posible, esta extraordinaria tierra.

Conforme pasan los días y semanas se echa mucho de menos aquellos parajes, no como en otros países que igualmente vividos dejan nostalgia de por vida, esta nostalgia y dependencia es algo que toca más hondo. Pensaba que sería inmune a este mal, y que era un cliché, pero el mal de África nos atrapó a todos, y creo que es porque uno se reconoce en esta tierra, casi intacta en algunas zonas desde hace millones de años. Una memoria antropológica en nuestro inconsciente nos dice que es nuestra casa, que vivimos, mucho, mucho tiempo así, en paisajes libres, de horizontes abiertos a la naturaleza y a la vida, solos , con el león y la hiena de compañeros de viaje, como todavía viven algunos privilegiados en esta tierra.



gtrevice



5 comentarios:

Anónimo dijo...

miguel angel... ha sido una lectura entretenidisima....
Estoy preparando un viaje con mi hijo a Tanzania...(mi hijo tiene 8 años) y estaba un tanto indecisa sobre algunos aspectos... tras leerte no tengo mas que decirteque que gracias por tan exaustivo relato y explicaicones que me han solventado todas mis dudas. un saludo.
maria

Palacios dijo...

Hola,enhorabuena por vuestro blog, me ha encantado y he pasado un agradable rato leyendo y mirando vuestras magnificas fotos de viajes.
Preparo mi viaje a Tanzania y mi trekking al Kilimanjaro, me ha ayudado mucho y he resuelto algunas dudas que tenia.
Animo y seguid deleitandonos con vuestra literatura de viajes.
un besazo.

silvia real.

Anónimo dijo...

Gracias por vuestros relatos.
Dí con vosotros por vuestro viaje a China, pero me demoré por el de Rwanda y acabé disfrutanto enormemente con éste.
Si maria, la que comenta, volviera a entrar por aquí, me gustaría contactar con ella.
mariapg2(arroba)hotmail.com

Vik dijo...

Lo primero gracias por este gran relato con el que tanto he disfrutado y aprendido ... realmente bueno
Nosotros queríamos pasar unos días en Nungwi y nos gustaron mucho las imágenes del hotel de los balcones junto al mar
Me podrías decir a que hotel fuisteis y si os gusto como para recomendarlo?
Iremos por nuestra cuenta ...

Gracias de nuevo

Vik

anonimo dijo...

Estoy preparando mi viaje a Tanzania por libre para el próximo Agosto y me ha gustado mucho leer vuestro relato. Estoy segura que me ayudará en mi viaje.

Enhorabuena y muchas gracias por compartir vuestra experiencia.

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